dijous, 7 de maig del 2015

Cala Marilou (Cerdeña): El rincón más escondido

Cala Marilou (Cerdeña): El rincón más escondido

La claridad de sus aguas y sus ricos fondos convierten esta cala en un buen lugar para practicar esnórquel.
La claridad de sus aguas y sus ricos fondos convierten esta cala en un buen lugar para practicar esnórquel.
“Cerdeña está fuera del tiempo y de la historia”. Puede que al escritor inglés D. H. Lawrence se le olvidara decir que los más hermosos rincones de la isla están, además, fuera de ruta. Porque esa es la verdad. Cuando uno cree que conoce Italia a fondo, de pronto alguien habla del golfo de Orosei, en aguas del mar Tirreno, y todo cambia para siempre. ¿Pero existe? ¿Alguien puede situarlo en el mapa? Es posible que no tenga la fama de otras ciudades repletas de historia ni de regiones donde el vino y la gastronomía seducen a viajeros desde hace siglos. Pero este golfo, situado en el tramo central de la costa oriental de Cerdeña, tiene playas y tiene calas que parecen pintadas con acuarelas por la mano de un niño. El azul es intenso, el verde del color de las esmeraldas, la arena de oro puro. Y apenas hay gente que rompa la dulce sensación que conlleva la creencia absoluta de haber descubierto algo nuevo. Situado en la provincia de Nuoro, este pasa por ser uno de los parajes más salvajes de Cerdeña, una concatenación de reductos vírgenes a los que resulta imposible llegar por carretera. A Mariolu, esa gran desconocida, que hay que presentar en voz baja para que no llegue a ser nunca destino de masas, solo se puede acceder por mar. Y, al hacerlo, casi dan ganas de suplicar que la lancha que nos acerca a la orilla no haga ruido, que reine el silencio por siempre jamás para no alterar así ni el paisaje ni la brisa marina con un murmullo de más.
Un estallido de colores
En realidad, a Cala Mariolu podría llegarse a pie. Pero, para ello, habría que caminar bastante y dedicar muchas horas y esfuerzos para sortear grandes rocas erosionadas por el mar y el viento. Hay quien cree que las mejores playas son aquellas a las que la madre naturaleza ha puesto trabas geográficas para dificultar la presencia de los seres humanos. Tal vez sea así. Porque cuando el barco comienza a acercarse a nuestra meta final parece imposible no chocar contra las enormes piedras blancas que preceden el pulcro arenal, en el que centellean a la luz del sol miles, millones, de piedrecitas de color rosa. Situada en la localidad de Punta Ispuligi, en el municipio de Baunei, esta preciosa cala se asoma al golfo con una cierta timidez. Su nombre es el mismo por el que los pescadores locales llamaban a un misterioso personaje que, según ellos, se dedicaba a robarles la mercancía. Pero ese ladrón no existía, las responsables de los hurtos eran las focas monje, que durante muchísimo tiempo utilizaron la costa de Cerdeña como refugio, aunque en la actualidad su presencia es más bien escasa, ya que se encuentran en peligro de extinción.
Lo que sí abundan aquí son los peces, que bajo las aguas transparentes agradecen siempre un poco de pan y cariño por parte de los bañistas. Al ser poco profundas, la práctica del esnórquel es una actividad habitual, perfecta para entretener a los más pequeños, quienes también se divierten lanzándose de cabeza al agua desde las todopoderosas rocas.
Grutas y paredes verticales
Si no tenemos la suerte de contar con una embarcación privada para llegar hasta Cala Mariolu, habrá que subirse a uno de los barcos que salen de los puertos de Arbatax, Santa María Navarrese o Cala Ganone, que quizás alguien recuerde por ser el escenario de algunas de las escenas de la película que Guy Ritchie hizo a medida de su por aquel entonces mujer, Madonna, y que llevaba por título Barridos por la marea. El barco en cuestión va haciendo paradas en las diferentes calas del golfo, pero no siempre sigue el mismo recorrido, por lo que hay que estar atentos. Con este mismo medio de transporte acuático podemos llegar a la maravillosa y enigmática Grotta del Fico, muy cerca de Cala Mariolu, una visita indispensable, sobre todo, para los aficionados a la espeleología. Durante un tiempo ambos lugares formaron parte de un parque nacional, hoy desaparecido, que pretendía proteger esta parte del golfo de Orosei, con más de 40 kilómetros de costa, dibujada por bastiones de caliza recubiertos de bosques seculares que conforman una rica y variada macchia mediterránea. Una zona que resultó durante siglos inaccesible por tierra, donde se suceden estas características calas de arena, como la de Mariolu, rodeadas de altísimas paredes verticales, en el fondo de profundas gargantas.
Arco de piedra
“Cerdeña es misteriosa”, dicen con asiduidad los habitantes de la isla. Y puede que tengan razón. Después de pasar varias horas tumbados al sol en Cala Mariolu, sobre su arena blanca, uno siempre siente la curiosidad de saber cómo serán las calas a un lado y otro de este golfo salvaje, situado a 140 kilómetros exactos de Cagliari por la carretera de la costa. Merece la pena guardar algo de tiempo para recorrerlas y asombrarse al descubrir paisajes casi gemelos en la cercana Cala Luna, más grande, más frecuente su presencia en las guías de viaje y, por tanto, siempre con más turistas. En ella se encuentra la famosa Gruta del Buen Marino, como las fauces de un león que en vez de dientes tuviera estalactitas y estalagmitas. Completan el circuito Cala Sisine y Cala Biriola, con un frondoso bosque a sus espaldas y un arco de piedra natural que emerge desafiante en el mar.
Hoteles: Con tradición artesana
Por debajo justo del golfo de Orisei, entre las provincias de Nuoro y Cagliari, con las laderas de los montes Gennargentu a un lado y el mar Tirreno al otro, se extiende la comarca de Ogliastra. Su nombre hace referencia a los numerosos olivos que abundan en la zona, tal y como puede verse en la playa de Santa María Navarrese, desde donde parten los barcos en dirección a Cala Mariolu. Es este, pues, un inmejorable centro de operaciones para recorrer la costa, y es también el lugar exacto en el que se levanta el Lanthia Resort (www.lanthiaresort.com), un hotel que en sus 28 habitaciones trata de reproducir el más genuino ambiente que se respira en la isla de Cerdeña. Así, abundan los trabajos artesanos, tal y como se aprecia en la decoración, donde la madera, la piedra y las telas de llamativos colores son los grandes protagonistas. Cuenta también con un extenso jardín con piscina y un restaurante que apuesta por la cocina tradicional (pescado fresco, pasta, marisco…) y los buenos vinos locales.
La idílica Cala Ganone, en la meseta del Supramonte, sirve de escenario de fondo al Resort Nuraghe Arvu (www.hotelnuraghearvu.com),un establecimiento inmerso en un jardín mediterráneo que está repleto de flores de infinitos colores y plantas aromáticas. El suelo de terracota y los muebles de madera maciza con incrustaciones de cerámica artesanal imprimen a cada rincón un carácter muy rural por mucho que todas las habitaciones tengan vistas al mar.
A apenas media hora de Cala Ganone, hacia el interior, Su Gologone (www.sugologone.it) se define como un hotel de experiencias. Los espacios comunes son auténticas galerías de arte y se exhiben llenos de trajes de época, tapices y cerámicas antiguas, que son verdaderos testimonios de una artesanía poco conocida. Cuenta además con talleres propios donde se realizan bordados, huerto y bodegas en las que los propietarios del establecimiento organizan catas de vinos y aceites para los huéspedes. Hay habitaciones del pastor, habitaciones de la esposa… y un restaurante en el que ser sirven platos tan apetecibles como los sabrosos culurgiones (raviolis rellenos de requesón).

La Pelosa (Cerdeña): El Caribe no está tan lejos

La Pelosa (Cerdeña): El Caribe no está tan lejos

EL PERIODICO
La isla fue prisión de soldados antes de ser declarada Parque Nacional, Debajo, Villa Las Tronas.
La isla fue prisión de soldados antes de ser declarada Parque Nacional.
Si no fuera por los enebros y por toda la variedad de plantas mediterráneas que se extienden a su alrededor –por supuesto, ni rastro de palmeras–, creeríamos haber llegado, tras recorrer una carretera sinuosa repleta de imposibles curvas, a algún lugar recóndito del Caribe. Pero aquí el viento sopla con fuerza y quienes pasean por la orilla hablan, en su mayoría, italiano. Son turistas patrios que saben bien que Cerdeña esconde parajes como éste, vírgenes y olvidados, al que los autores de las guías de viaje más prestigiosas ni siquiera han llegado para poder contarlo.
Para muchos, la playa de la Pelosa es su particular secreto en la isla. No está en la codiciada Costa Esmeralda, pero sí, como ella, en el norte, aunque en su lado oriental, en esa punta casi desgajada de la costa sarda que mira de frente a las islas de Piana y La Asinara. El escenario cumple con todos los cánones exigidos: el agua es azul turquesa, la arena nívea y sus dimensiones, las justas, para que no llegue nunca a masificarse, por mucho que cada vez sean más los que hablan de ella como una auténtica revelación en los foros de Internet. Daremos unas pistas más: pertenece a un pueblo de pescadores llamado Stintino, en la provincia de Sassari, donde, a pesar del oficio mayoritario, se celebran con gran entusiasmo las fiestas en honor a San Isidro, en el mes de mayo. Una pequeña aldea a 30 kilómetros de Porto Torres y a escasos 50 de Alghero, ciudad repoblada en sus tiempos por colonos catalanes, que recibe un apodo muy reconocible en España: la Barceloneta.
Larga tradición pesquera
Es, precisamente, de Al-ghero de donde parte, junto a sus murallas, la carretera que conduce a Stintino, del sardo s’isthintinu, que quiere decir “intestino”, que es en realidad la forma que tiene la ensenada, como de pasadizo estrecho, sobre la que se recuesta el pueblo. Fue fundado en torno al año 1885, cuando unas 45 familias de pescadores que vivían en la isla de Asinara fueron obligados a desalojarla. Antes de ser declarada Parque Nacional, la isla fue utilizada como un refugio para enfermos en cuarentena, prisión de soldados durante la Primera Guerra Mundial y cárcel de máxima seguridad en los últimos años 70. Cerca del mar, a pocos kilómetros del centro, aún perduran las antiguas fábricas de atunes, cuya captura era una de las principales fuentes de ingresos de Stintino hasta bien entrado el siglo XX. Hoy han sido reconvertidas en centros turísticos y recreativos, aunque, cada verano, el Festival del Atún que se celebra en el mes de junio recuerda esta antigua tradición, también muy presente en un museo que guarda una interesante colección de documentos y objetos que sirven para explicar cómo se pescaban estos gigantes del mar. Hoy, mirando hacia el horizonte desde la playa de la Pelosa, lo único que se distingue son las velas de colores que sujetan quienes practican windsurf, uno de los deportes acuáticos más populares en la zona, con escuelas repartidas por toda la costa, sobre todo en torno a Porto Mannu, el puerto grande, y Porto Minori, el puerto viejo, donde fondean embarcaciones de recreo.
Una torre nos vigila
Pero estamos en Cerdeña y eso quiere decir que, a buen seguro, cerca de la playa habrá alguna torre de vigilancia. No hay que buscar mucho. La Torre della Pelosa, imponente construcción del Seicento, lo domina todo, Mediterráneo y paisaje. En sus tiempos formó parte de esas estructuras fortificadas que, desde la Edad Media hasta el siglo XIX, formaron parte en todo el litoral de Cerdeña de un sistema defensivo de alerta ante posibles ataques.
Su posición era estratégica y muy adecuada para controlar el tráfico de buques de la mar afuera en dirección a la costa baja y arenosa del Golfo dell’Asinara. Está construida con esquisto, la piedra típica de la zona, y, se supone, que para subir a ella eran necesarias escaleras de cuerda, ya que su altura debía de ser el doble de la de ahora. Lejos de imponer, lo cierto es que este baluarte proporciona al entorno un toque nostálgico que le sienta realmente bien. Su color oscuro destaca sobre las aguas transparentes de la playa, que reflejan su silueta en un intento de devolverle la longitud que un día perdió. Contemplar el atardecer, con la torre recortada en el cielo, puede resultar una imagen de recuerdo perfecta para revivir la magia del escenario a nuestra vuelta a casa.
Refugio de asnos y aves
Pero antes de volver hay que explorar el entorno. Y ahí está Asinara, justo frente a la playa, casi tocándola. No se puede llegar a nado ni siquiera visitarla a nuestro aire. Es un Parque Nacional y, por tanto, las visitas han de ser siempre guiadas y controladas. Desde la localidad de Stintino parten los barcos que llegan hasta la isla, cuyo nombre representa una derivación del vocablo “asno”, ya que aquí existe una especie endémica de burros albinos que, como el Platero de Juan Ramón Jiménez, parece que fueran todo de algodón. Pero existen muchos más habitantes: muflones, jabalíes y aves rapaces que sobrevuelan el rocoso terreno volcánico cubierto de un bosque de encinas y la tradicional macchia mediterránea de arbustos y matorrales. Su cota más elevada es la Punta della Scomunica, un maravilloso mirador con nada más a la vista que ese gran azul que pintan el cielo y el mar.
Hoteles: Cuestión de bienestar
Stintino es un pequeño pueblo de pescadores y, aunque cada vez presta mayor atención a quienes vienen de fuera, la oferta hotelera, aunque variada, es más bien sencilla. Lo mejor es elegir como alojamiento alguno de los hoteles que se sitúan en el área de influencia de Alghero, como El Faro (www.elfarohotel.it), en Porto Conte, en Baia delle Ninfe, a solo 40 kilómetros de la playa de La Pelosa. Diseñado por el arquitecto sardo Antonio Simon Mossa, su silueta parece la de un barco varado entre el mar y las rocas. Desde las terrazas de sus habitaciones cualquiera siente la tentación de lanzarse de cabeza al mar, tan cerca como está. Cuenta con un completo spa, donde también hay espacio para el yoga, y un restaurante cuya carta y decoración no pueden ser más mediterráneas.
El Bajaloglia Resort (www.bajalogliaresort.it), en Castelsardo, a unos 50 kilómetros de Stintino, se define así mismo como un auténtico oasis para el bienestar y la relajación. A ello contribuyen las zonas de relax habilitadas en su jardín, con camas al aire libre entre cojines y telas blancas, rodeadas de mirtos, lentiscos e higueras. Las alegres suites con vistas al mar siempre son las habitaciones más solicitadas, igual que también lo son las mesas del restaurante L’Incantu, cuya carta la marca el paso de las estaciones. Pasta fresca y pescados son sus especialidades.
En las inmediaciones de Alghero, los amantes del vino encontrarán en el Wine Resort Leda’d’Ittire (www.margallo.it), en una finca rodeada de viñas, un buen lugar para probar los caldos locales. Cuenta con solo cinco habitaciones, en las que predomina una atmósfera eminentemente rural.
Ya en Alghero, el edificio que hoy ocupa el hotel Villa Las Tronas (www.hotelvillalastronas.com) fue, en sus tiempos, residencia de verano de la casa real italiana. A orillas del mar, en un promontorio privado, conserva aún esa sensación de lugar de retiro entre acantilados que se asoman a las aguas de la bahía como si fueran proas de navíos. Acogedoras y muy luminosas, sus habitaciones apuestan por una elegancia clásica que se hace aún más evidente en la suite, en la que la pureza del blanco contrasta con el intenso azul del mar que aparece tras los ventanales. La cena se sirve en el restaurante siempre a la luz de las velas.